21 junio 2007

Buddha en la Caverna de Platón

Platón nos habló en su República, y no sé si en otros de sus diálogos, de esa Caverna que constituye nuestra mente y nuestra sociedad. Muchos de nosotros vivimos plácidamente en el fondo de esa Caverna maravillosa, contemplando las imágenes y las sombras que el fuego del fondo de la caverna proyecta sobre la pared multiforme. Recomiendo la visita de este famoso mito del filósofo ateniense, a todos aquellos que no lo conozcan o no recuerden su contenido.
La vida en el fondo de la caverna es plácida y tranquila. Uno nace, es criado por sus padres, por sus amigos, por la calle y por la escuela. Acaba buscando trabajo, disfrutando de algunos momentos de placer que salpican su existencia, y cegado por la calidad de esas sombras tan vivas que se proyectan sobre la pared, hasta que muere. Esa ceguera nos mantiene unidos, pues todos la compartimos, y compartir nos hace humanos, nos hace cuerdos, nos da tranquilidad y seguridad.
Pobre de aquel que no es ciego. Desgraciado de aquel que reconoce las sombras y que empieza a desatarse. ¿O debería decir feliz? Su camino es el de la felicidad, pero para sus compañeros de caverna, es el camino de la locura. Buddha lo recorrió. Jesucristo lo recorrió. Platón lo recorrió. Pues no es un camino limitado por las religiones, y sólo el espíritu es capaz de despertarnos de esa ceguera. Jesucristo dijo al tullido: Levántate y anda. Así actua el espíritu. ¿El espíritu Santo? ¿El espíritu del que habla Hegel? Pero aquellos que recorren el camino hacia la salida de la caverna, hacia la Luz, se acuerdan de sus compañeros de caverna, y tienen la necesidad de retornar para compartir, no ya las creencias estúpidas transformadas en sombras e imágenes, sino el verdadero descubrimiento del espíritu y de la conciencia. Ya lo hizo Platón, con su magisterio en la Academia y con sus diálogos. También lo hizo Jesucristo, que se sintió llamado por el Padre a la predicación del Evangelio y a la Pasión, que fue la redención eterna para toda la Humanidad, a través de la extensión universal de la enseñanza que nos quiso transmitir. Lo hizo antes Buddha, que tras alcanzar la Iluminación, no quiso culminar su existencia, sino hasta haber podido transmitir a sus semejantes, y a los que habíamos de venir, la enseñanza del sendero Óctuple y del noble sendero que conduce a la felicidad.
Que la Ciaconna de Bach nos guíe hacia la Luz Eterna. Lux aeterna dona eis, et lux perpetua luceat eis.

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